Por Armando Juárez Bribiesca
México ha pasado esta semana por tres historias que, a primera vista, uno podría suponer que parecen inconexas: la Presidenta acosada en la calle, una Representante nacional humillada en un certamen de belleza internacional, y una Viuda que con valor y dignidad asume la alcaldía ante la ejecucion de su esposo Carlos Manzo. Pero, si analizamos esos hechos con la perspectiva crítica y concatenada con la realidad y los Derechos Fundamentales, es que habremos de advertir que el drama de las tres mujeres, narran una misma historia: la fragilidad de las personas frente al Estado que no garantiza los Derechos y la seguridad.
De inicio, es dable considerar lo sucedido a la Presidenta Claudia Sheinbaum, quien caminaba entre la gente cuando un hombre ebrio la tocó y trató de besarla. Dicha persona fue detenida y ahora está sujeta a proceso penal, así como sometido a la prisión preventiva, pero la escena dejó una grave grieta simbólica: las mujeres tienen claro que, si eso le ocurre a la jefa del Estado, qué queda para las demás. Lo anterior, sin que se pierda lo dicho posteriormente por nuestra la Titular del Ejecutivo Federal, quien manifestó:
“Decidí levantar denuncia, porque esto es algo que viví como mujer, pero que lo vivimos todas las mujeres en nuestro país. Lo he vivido antes, cuando no era presidenta […]. Es un delito en la Ciudad de México. Si no presento yo denuncia, ¿en qué condición se quedan todas las mujeres mexicanas? Si esto le hacen a la presidenta, ¿qué va a pasar con todas las otras mujeres en el país?”
La imagen de una presidenta vulnerada en público, y de quien se espera cuente con la mayor protección y seguridad, revela la distancia entre la Constitución que promete igualdad y seguridad, ante la realidad que las niega.
En dicho contexto y al otro lado del mundo, en el escenario del Miss Universe 2025 —una participación que dará para una polémica profunda—, se advierte la compleja realidad que enfrentó la mexicana Fátima Bosch, quien fue objeto de una agresión verbal por parte del director del certamen: “cabeza hueca”, le dijo. El comentario, quizá irrelevante para algunos, fue en realidad una radiografía de cómo opera la violencia simbólica en todos los ámbitos: una mujer que no cumple con la narrativa de docilidad es inmediatamente descalificada. Lo cual es erróneo y un exceso, por lo que consideró acertado lo que Bosch respondió con dignidad:
“Decirle a mi país que aquí estoy, no tengo miedo de alzar mi voz, estoy aquí más fuerte que nunca, tengo un propósito, tengo cosas que decir, tengo un espacio que ocupar.” Y añadió: “Estamos en el siglo XXI y yo no soy una muñeca, para estarla maquillando y peinando y cambiándole la ropa, yo vine aquí a ser una voz para todas las mujeres y para todas las niñas que luchan por causas.”
El episodio muestra la otra modalidad de la violencia: no la física, sino la que se viste de glamour y espectáculo, pero que perpetúa el mismo orden jerárquico y una participación inmersa en la polémica.
En Uruapan, Michoacán, una mujer levantó la voz sobre las cenizas de la terrible y brutal tragedia: Grecia Itzel Quiroz, viuda del alcalde Carlos Manzo Rodríguez —asesinado— quien asumió el cargo de su esposo. Y, en su discurso de toma de protesta, manifestó:
““Qué triste y qué desafortunadamente que tuvo que pasar esto para que voltearan a ver a Uruapan. Qué triste y qué desafortunadamente que tuvieron que arrebatarle la vida a Carlos Manzo para que, ahora sí, quieran mandar seguridad; para que, ahora sí, quieran blindarnos. Qué triste porque él lo gritó, porque él pidió auxilio una y otra vez… Y jamás le hicieron caso.” Y expresó: Voy a seguir los pasos de Carlos Manzo les voy a dejar un Uruapan, un Michoacán y un México que él hubiese querido”.
Una mujer que asume un mandato con un duelo a sus espaldas y en un terreno minado por la sistemática impunidad, la corrupción y el miedo que deriva de la inseguridad. Su ascenso, no sólo es un símbolo de resistencia cívica, también es la realidad que enfrentan todas las mujeres a diario ante el embate de la delincuencia e inseguridad.
Con esas tres realidades en mente, uno advierte que, si bien los tres casos se desarrollan en contextos distintos, es claro que comparten elementos que revelan la persistencia de una lógica de subordinación y vulneración, así como de violencia. En cada caso, la vulneración de los derechos que como personas les corresponden, se articulan con extrema debilidad ante el poder que se destaca por su excesiva permisividad que da la pauta a la vulnerabilidad institucional, la objetivación mediática y el sometimiento frente al crimen, así como ante la impunidad.
La norma constitucional no es ya suficiente, el Legislador Federal instauró la igualdad, la dignidad, la no discriminación y la seguridad como Derechos Fundamentales; pero, su materialización se ve impedida por factores estructurales como la extrema impunidad, la grave y desmedida violencia, y la debilidad institucional en todos los ámbitos.
Desde la perspectiva del constitucionalismo, estos casos exigen que, como sociedad, se advierta que no se trata sólo de sancionar hechos particulares, sino de transformar las condiciones de posibilidad de la vulneración, de asegurar que la dignidad se convierta en realidad viva, que la igualdad sea efectiva y que la democracia no se limite al voto, sino que incluya participación, deliberación, agencia, empoderamiento y la reformulación de nuestras instituciones, así como de la Constitución Federal.
La vulneración a los derechos como personas de Sheinbaum, Bosch y Quiroz, nos dejan una enseñanza, que la política, los medios y la academia suelen olvidar: la dignidad no se decreta, se ejerce y cuando se ejerce, incomoda. Por lo que, necesitamos también analizar estos episodios, no como anécdotas, sino como síntomas de una grave enfermedad institucional y crisis constitucional. Y, para muestra habremos de considerar que el acoso a la Presidenta Sheinbaum nos recuerda que el Estado no es invulnerable, que el insulto a la concursante Bosch revela que la modernidad aún arrastra misoginia y que el ascenso de una viuda muestra que, ante la ausencia del Estado, las mujeres ocupan con dignidad y coraje el vacío que deja el Estado.
Hoy, ante una Constitución en crisis que ha perdido su eficacia moral y su fuerza normativa frente a la realidad, es claro que como sociedad ya no necesitamos más discursos en torno a los Derechos Fundamentales, urge que dejen de ser promesa y se conviertan en realidad.
Y, lo anterior, para que en el futuro una presidenta pueda caminar sin ser tocada, una mujer hablar sin ser insultada, y una alcaldesa pueda gobernar sin miedo a que ejecuten a sus seres queridos. Hasta entonces, tal vez nos resulte posible afirmar que la Constitución Federal, finalmente sea realidad…
